LA SOLEDAD DEL JEFE
Por Silvia Nieto (El Mundo)
Si usted es jefe, no se queje de sentirse solo. Aprender a separar trabajo y vida privada, y asumir la distancia que le separa inevitablemente de sus subordinados es una de sus responsabilidades. Mentalícese: eso forma parte del juego.
«No sabes lo solo que estoy». La frase es de un jefe que conozco. Se siente profundamente aislado, como un pez en una ampolla de cristal. Siempre se ha esforzado en ser un líder comunicativo, comprensivo y cordial. Pero parece que nadie le toma por tal. Cuando pregunta: «¿Quién se viene a comer?», se cierne sobre la oficina el silencio más absoluto. Cuando oye risas y sale a su encuentro, éstas se desvanecen como por encanto. Su relación profesional es correcta con cada uno de los miembros del equipo por separado, pero a la hora de hacer pandilla, nadie quiere admitirle en la suya.
Al margen de sus defectos -que los tiene-, este jefe tiene un problema típico de los mandos jóvenes que tratan de ser jefes sin dejar de disfrutar las ventajas de la relación entre compañeros. Pero eso es imposible. Porque, como explica Juan Mateo, consejero delegado de Make a Team, «es como querer ser padre y amigo a la vez, una verdadera utopía. Porque en la amistad no existe una relación de poder, mientras que en la empresa sí que la hay, y es muy complicado mantener una relación personal cercana con una persona que tiene dominio sobre nuestra vida profesional». De esa desigual relación de fuerzas, surge de entrada, la distancia, porque, querásmolo o no, el que nos manda siempre es un enemigo potencial. Si es usted jefe, lo primero que debe hacer es asumir esa realidad, por mucho que se le atragante.
Pero, ¿cómo encajar las bofetadas de soledad? «Mentalizándose de que ésta forma parte del juego», explica Mateo. Añade que, de todas formas, esas peticiones de cariño -pues a eso equivale decirle «estoy solo» al guarda jurado o equivalente- siempre encubren un lodo mucho más profundo. Lo que sufren estos jefes no es un problema profesional, sino personal, y, además, como la copa de un pino. Se equivocan cuando buscan en el entorno de trabajo lo que sólo puede proporcionar la vida privada. Demasiadas horas y neuronas gastadas en la empresa y demasiado pocas con la familia y los amigos. Por eso, señala Mateo, lo mejor que se puede recomendar a quienes sufren este síndrome es una buena terapia familiar. Y no desespere, que su problema no es nuevo. Como ya dejó escrito Baudelaire, «quien no sabe poblar su soledad, tampoco sabe estar solo entre una multitud atareada». ¿Capta?
